Dichosos los pobres. Se buscan locos:

Me pregunto si esta bienaventuranza la dicta la locura o la sabiduría.

Como propuesta bancaria de futuro, no tiene un pase.

Y como propuesta para seguir a Jesús por los caminos del reino de Dios, el mismo Jesús la declara imposible de aceptar.

Así que, pongámonos de acuerdo: ese “dichosos los pobres” es una locura.

Según el relato evangélico, al joven rico Jesús le propone que recorra con él y a su modo el camino que lleva a la vida: “Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Jesús sabía que ése era el camino real. Lo sabía, porque se había movido siempre en él y ya estaba llegando a la meta.

Había salido de Dios y volvía a Dios.

Se había despojado de todo, también de sí mismo, para darlo todo a los pobres, para darse todo a los pobres.

Jesús conocía por dentro la dicha de aquel camino.

Pero al joven rico la propuesta le pareció exceso, demasía, locura; apenas la oyó, “frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”.

Dejó el camino de la pobreza que Jesús conocía, y volvió al camino de la riqueza que él conocía.

Jesús se quedó con su bienaventuranza experimentada; y el joven se marchó con un pesar recién estrenado.

Aquel día, el apóstol Pedro, seguramente que de buena fe, le dijo a Jesús una mentira piadosa: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.

Y Jesús hizo como que había escuchado una verdad toda entera.

Pero el hecho es que sólo Jesús puede decir con verdad eso de “darlo todo”, porque sólo él lo ha vivido: sólo él es puro don; sólo él es imagen visible del Amor invisible de Dios; sólo él se despojó incluso de sí mismo, y tomó la condición de esclavo haciéndose semejante a los pobres, bajando hasta la muerte y una muerte de cruz.

Y de ese camino propio de Jesús, que baja desde Dios hasta los pobres y sube con los pobres hasta Dios, es sacramento la Eucaristía que celebramos y comulgamos.

Hoy el Señor resucitado, también a nosotros nos mira con cariño y nos invita a seguirlo de aquella manera suya, que parece locura y es sabiduría.

Queridos: El mundo tiene demasiados ricos tristes, y demasiados pobres que aspiran a ser ricos tristes, y anda falto de locos dispuestos a vivir la alegría de amar.

¡Se buscan locos!

Feliz domingo.

Ser uno con los pobres

“Serán los dos una sola carne”. La palabra de la revelación permite intuir la dimensión de misterio inherente a la relación de amor.

Al hombre y a la mujer unidos en una carne por vínculo esponsal, la palabra les recuerda y les reclama: Preservad la diferencia, pues sois dos; cultivad la comunión, pues sois uno. No os anuléis, no os absorbáis, pues sois dos; amaos el uno al otro, que es amarse uno a sí mismo, pues sois uno.

Pero esa palabra que has escuchado no mira sólo a la relación hombre-mujer, sino que proyecta su luz sobre la relación Cristo-Iglesia, y es en esta relación donde la palabra encuentra plenitud de sentido y verdad cumplida.

“Serán los dos una sola carne”. En este misterio que la palabra revela, el amor, que es el ceñidor necesario de la unidad, es también la fuente en la que beber a saciedad la libertad.

“Dios es amor”, perfecta unidad en la Trinidad santa y eterna, plena libertad en su unidad indivisible.

A ti, Iglesia esposa de Cristo, el amor te llevará hoy a una comunión sacramental con tu Señor, para ser una con él, para decirle en libertad el sí de tu entrega, para aceptar gozosa el sí de su entrega.

En comunión con él, aprenderás a servir como él a los pequeños, a buscar como él a los pobres de la tierra, a perder la vida con él para encontrarla.

Pero no será ésa la única comunión que hoy harás cuando te acerques a la mesa de tu Señor, pues “el pan” de la eucaristía “es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz”: Hoy comulgamos con el Señor y con los hermanos, que son su cuerpo.

Con todo, tampoco será ésa la última comunión que hoy recibirás, pues si la palabra no te lo recuerda, te lo dirá el Espíritu del Señor: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber…”. Hoy comulgamos con el Señor y con su cuerpo pobre, hoy comulgamos con los pobres del Señor.

No cerremos a los pobres la puerta de la esperanza:

Queridos: nuestras preocupaciones de hoy no son, manifiestamente, las que alteraron la normalidad de la vida en las tiendas de los israelitas acampados en el desierto; ni son tampoco las que expresó a Jesús su discípulo Juan, cuando éste vio “a uno que echaba demonios” en nombre del Maestro.

Pese a todo, la palabra proclamada este domingo en nuestra celebración está llena de resonancias que necesitamos percibir para no ceder a la desesperanza.

“¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”

¡Ojalá todo el pueblo sintiese de alguna manera en su carne el dolor de Dios por la muerte de sus hijos!

Ojalá todo el pueblo recibiese el espíritu de Dios para conocer las profundidades de Dios, también su dolor.

Nos hace falta el espíritu de Dios para conocer la perfección de su ley, la fidelidad de su precepto, la pureza de su voluntad, la justicia de sus mandamientos.

Necesitamos el espíritu del Señor para reconocer a Cristo y reconocer nuestra propia carne en el hermano que sufre, en los hermanos que mueren.

Él, el Señor, indicaba esa misteriosa comunión, cuando dijo a sus discípulos: “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”.

Y esa comunión con Cristo hace valioso, precioso, incluso el vaso de agua que damos al hermano “porque es del Mesías”, porque es su cuerpo.

Que no cerremos a los pobres la puerta de la esperanza, por nuestra vana pretensión de entrar en la vida, no sólo con el cuerpo entero, sino también con nuestras riquezas.

Más nos vale entrar sin nada en el Reino de Dios que ser echados con todo al abismo, “donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Feliz comunión con Cristo y con los hermanos.

Un mundo nuevo en nuestras manos:

Jesús lo llamó “el reino de Dios”, y era algo así como “un mundo nuevo para una humanidad nueva”.

De ese reino él nos habló. De ese mundo, de esa humanidad, él puso el fundamento. Y nos lo ofreció.

El evangelio de Jesús es el evangelio del reino de Dios.

Quien cree en el evangelio, acepta la posibilidad real de un mundo nuevo, de una humanidad nueva.

El reino de Dios vendrá si le abre la puerta la fe de los creyentes.

El corazón me dice que el proceso de adelgazamiento de las instituciones cristianas, evidente y explosivo en los últimos años, no es el resultado de una crisis de fe sino la revelación de una inconsistencia, la evidencia de una traición. Lo que se ha derrumbado, no es el reino de Dios sino el sucedáneo engañoso con que lo habíamos substituido.

Mucho hemos de agradecer que ese espejismo atroz esté desapareciendo, aunque la verdad nos deje a solas con las arenas del desierto.

Hemos cultivado envidias y rivalidades. Hemos justificado guerras y contiendas. Codiciamos como si no tuviésemos fe. Matamos como si los que mueren no fuesen nuestros hermanos. Llenamos el mundo de crucificados como si Dios no muriese con ellos.

Nos decimos cristianos y, abochornados, constatamos que nuestro mundo en nada difiere del mundo viejo que se supone habíamos dejado para entrar en el de Jesús.

¡El mundo de Jesús!: Un mundo de hijos de Dios entregados en manos de los hombres; un mundo de hijos acogidos a sagrado en el corazón de Dios; un mundo de últimos que han escogido serlo entre todos; un mundo de servidores que han optado por serlo de todos; un mundo de hermanos que acogen incluso a quienes todo lo necesitan y nada pueden devolver.

No hablan mal de Dios quienes se ridiculizan amagando con mancharlo mientras defecan.

Blasfemamos contra Dios nosotros, que hemos introducido en su reino la crueldad, el cinismo, la mentira, la búsqueda del poder, el apego al dinero.

Blasfemamos contra Dios quienes hemos armonizado con la justicia de su reino la guerra, el hambre, el homicidio, el fratricidio, todas nuestras formas de connivencia y de complicidad con la muerte.

Blasfemamos contra Dios quienes hemos recibido de él un mundo nuevo y lo hemos ensuciado con heces nauseabundas del mundo viejo.

Hoy nos sentamos a la mesa con el Señor resucitado. Hoy el Maestro vuelve a instruir a sus discípulos. Hoy comulgamos con el que, siendo el Maestro y el Señor, se hizo siervo de todos. Hoy, en las manos de quienes comulgamos con Cristo, Dios pone de nuevo su reino, su mundo, la humanidad que él ha soñado y de la que Cristo es la cabeza, el primogénito. ¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!

El futuro es de los que se atrevan a creer.

Feliz domingo.

La experiencia de la cruz, experiencia de amor:

Hay palabras que podremos pronunciar como nuevas y como nuestras, sólo si antes las hemos oído pronunciadas como suyas por Jesús de Nazaret: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba; por eso no quedaba confundido”.

Son palabras que hablan de un crucificado, pero no derrotado; de un vejado, pero no confundido ni humillado; de un muerto, pero no vencido.

Son palabras que hablan de hombres, de muerte y de Dios.

Sólo Jesús de Nazaret puede decir con corazón y experiencia de Hijo amado, con corazón y experiencia de resucitado, la oración del salmista: “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor… El Señor es benigno y justo… Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída”.

Las del Siervo del Señor, las del salmista, las de Jesús, son palabras que podemos hacer nuestras, porque compartimos con ellos la fe, la esperanza y el amor.

Son nuestras, porque el Señor nos ha atraído a él, y nos ha hecho discípulos suyos, y hemos querido caminar con él, cargar con nuestra cruz, seguirle a él, el Hijo, con corazón y obediencia de hijos.

Las de Jesús son palabras nuestras, como nuestros son, porque él ha querido llevarlos por amor, los sufrimientos del Señor, sus heridas, su muerte.

Las de Jesús son palabras nuestras, porque el Señor, por la encarnación, ha querido unirse a nosotros para siempre, y nosotros, por la fe y la comunión, hemos querido unirnos para siempre a él: Nada dice ya él sin nosotros; nada queremos decir nosotros sin él.

Para Jesús y para nosotros, la cruz es escuela y signo de obediencia, de amor, de confianza.

Porque estamos en comunión con él, porque nada suyo nos es ajeno, podemos decir también con él: “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco”.

La experiencia de la cruz es para Jesús, para nosotros, para los pobres, para todos los crucificados, una experiencia de amor.

Effetah: Ábrete

«Effetah» es el nombre que lleva en Tánger una escuela de educación especial para niños sordos, que como consecuencia de la sordera, de alguna manera son también mudos.

«Effetah» fue la palabra que Jesús pronunció antes de que al sordo que le habían presentado “se le abriesen los oídos y se le soltase la traba de la lengua”.

Y ése, «Effetah», es el nombre que lleva en la celebración del bautismo cristiano un rito que recuerda y actualiza lo que Jesús hizo cuando curó a aquel sordo que tenía dificultad para hablar; en el día de tu bautismo, el ministro celebrante, tocando con el dedo pulgar tus oídos y tu boca, dijo: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”.

«Effetah» es palabra clave en la liturgia eucarística de este domingo: palabra que el Señor pronuncia hoy para todos, y que tiene para cada uno de nosotros una resonancia personal.

Intuyes que algo así como ¡«Effetah»!, fue la palabra que dijo el Señor cuando el mar se abrió para el paso de los esclavos hacia la libertad.

Tu voz, oh Dios, resonó en el desierto: ¡«Effetah»!, para que el cielo diese su pan y la roca diese su agua.

¡«Effetah»!, dijiste, y abriste como un cuchillo las aguas del Jordán, que se hicieron puerta por la que entraron tus hijos a la tierra de tus promesas.

¡«Effetah»!, dijo Dios, y se abrieron los cielos sobre el bautismo de Jesús y sobre la humildad de tu bautismo, Iglesia cuerpo de Cristo.

¡«Effetah»!, dijo Dios, y se abrió el paraíso sobre la cruz de Jesús, el paraíso quedó a merced de los ladrones, se abrieron los sepulcros, y a la muerte se le huyeron los vencidos que ella mantenía prisioneros.

No digas ya: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán”, porque la palabra se ha cumplido, la profecía ya es evangelio, la promesa se ha hecho realidad, y ahora, con Cristo el Señor, en comunión con Cristo resucitado, tú que estabas muerto, ves y oyes y entras con él por las puertas abiertas de Dios.

“Alaba, alma mía, al Señor”.

P.S.:

¡«Effetah»! Ábrete.

¡«Effetah»! Necesitamos oír tu palabra, Jesús.

¡«Effetah»! Necesitamos abrir caminos de futuro a los pobres.

¡«Effetah»! Necesitamos oír el grito de los pobres.

El escándalo de creer:

Si la fe no se reduce a mero ejercicio de prácticas religiosas, llega un momento en que se nos pide la adhesión personal a Dios: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quién servir”. Entonces en nuestro interior resonará la pregunta de Jesús a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”

El evangelio de este domingo describe una situación dramática: Las gentes a las que habíamos visto salir en busca de Jesús y que querían nombrarlo rey como si tuviesen fe, se apartan ahora de él decepcionadas. Muchos de los que hasta aquella hora habían sido sus discípulos “se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Incluso a los Doce, a los íntimos, Jesús ha de preguntar si quieren marcharse.

¿Qué había de escandaloso en lo que Jesús les había dicho? Lo escandaloso en las palabras de Jesús sobre el pan de vida era la muerte de quien decía proceder del cielo y se presentaba como enviado de Dios para la vida del mundo. Lo inaceptable era el Cuerpo repartido del Mesías Jesús y su sangre entregada.

El hombre religioso no puede creer, no puede comer ni beber esa dura realidad, pues se aparta demasiado de las ilusiones que alimenta nuestra religiosidad.

Todos estaríamos dispuesto a seguir a un Dios que por nada reparte pan sabroso y abundante, pero damos la espalda a un Dios que se parte como un pan para que comamos y nos pide hacer de nuestra vida un pan para que todos coman.

Si queremos comprender en profundidad el escándalo que suscita el proyecto de Dios en el corazón del hombre, si queremos acercarnos al misterio de la soledad de Jesús, hemos de dejar la sinagoga de Cafarnaún para acercarnos al monte de la crucifixión. Allí no sólo enemigos, indiferentes o curiosos, sino también los Doce, los íntimos, abandonan a Jesús.

Si la Eucaristía que celebramos nos deja tranquilos en nuestra religiosidad, es de temer que todavía no hemos empezado a vivirla como sacramento del escándalo de la cruz.

Para un cristiano, creer y comulgar significa escoger como Señor a un Dios que le ofrece la vida para que el creyente dé la vida con él.

Emigrantes

Vuelve la cal viva y las cizallas, la mierda ¡y la sangre!, las armas con que los emigrantes ponen en peligro la vida de los agentes de la guardia civil. Vuelve el “miedo al emigrante”, se habla incluso de «pánico justificado».

Vuelven las insinuaciones, las medias verdades, y después de ensuciar sin piedad la imagen de los emigrantes, de todos los emigrantes, se abre un paréntesis para meter en él con calzador el adjetivo “humanitario”, con el que nos limpiamos las vergüenzas, que no la conciencia.

Una sola de esas muchas palabras que la información utiliza, ahoga en cal viva la vida de centenares de personas, y cubre de sangre y de suciedad sus cuerpos.

Yo sé de la vulnerabilidad sin protección ninguna de esos chicos: sé que tienen derechos pisoteados sistemáticamente, y sé que no van armados, y sé que, si quieren pasar la frontera, tendrán que forzar la valla y vencer la oposición de las fuerzas del orden, y sé que luego les van a acusar de violentos por haberlo hecho, y sé que nadie va a recordar la violencia continuada que se ejerce contra ellos, violencia que, sin que ningún hospital pueda dar testimonio de ello, les dejará secuelas físicas o psíquicas para toda la vida.

Los Gobiernos europeos, todos, y con ellos los responsables de Bruselas, han gastado y continúan gastando miles de millones de euro en rechazar emigrantes en las fronteras, y no han sido capaces de elaborar una política migratoria digna de ese nombre.

La degradación de la política a chantaje, eso es lo que se nos obliga a ver en estos días, sin que nadie parezca escandalizarse por ello.

Un Gobierno soberano amenaza con «devolver a Libia» a unas decenas de emigrantes recogidos por una lancha costera italiana. «Devolver a Libia» significa entregar seres humanos a traficantes de esclavos, a torturadores, a mafias.

Un Gobierno que se supone soberano acaba de devolver a Marruecos a los emigrantes que ayer saltaron la valla de Ceuta. Y los derechos de estos chicos son pisoteados sin que nadie mueva un dedo para evitarlo, sin que se oiga una voz que reclame justicia.

Hoy me ha tocado escuchar en la mañana y en la tarde noticias y comentarios de la COPE sobre lo acontecido en Ceuta. Y no han pronunciado una sino muchas de esas palabras que ahogan en cal viva a los pobres, que suponen para los emigrantes una condena a sufrimientos atroces cuando no una condena a muerte.

Y eso hube de oírlo en la radio de Conferencia Episcopal. Es un escándalo. Se llevan ustedes por delante, con la vida de los emigrantes, el evangelio de Cristo y la vida de la Iglesia.

Si en la COPE se ninguneara un dogma del Credo, correrían a poner remedio, y no tolerarían que en nombre de ninguna libertad de expresión se pusiese en peligro la fe de los fieles. Pues aquí hay algo que es más que un dogma: Aquí se trata de la vida de los hijos de Dios.

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Ayer el Gobierno, violando cuanto se puede violar, devolvió a Marruecos a todos los emigrantes que habían pasado la valla el día anterior.

Varios de los abogados que participaron en la operación van a recurrir la decisión del Gobierno.

Amnistía Internacional ha hecho notar cómo se ha devuelto a un país inseguro y sin garantías de ningún género, a decenas de muchachos que necesitan especial protección.

Y he de recordar que hoy, en la COPE, no es que no he oído un comentario, es que ni siquiera he podido oír la noticia.

Es obvio que tengo un problema por bocazas. Pero igual de obvio es que otros lo tienen por mudos frente a la vulneración sistemática de los derechos de los pobres.

¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

Celebrábamos hace unos días la fiesta de San Lorenzo, diácono –entiéndase: servidor- y mártir –entiéndase: testigo de Cristo y del evangelio de nuestro Señor Jesucristo-.

Al diácono, la autoridad constituida le pidió que entregase sin demora los tesoros de la Iglesia, que a la Iglesia no le correspondían y a la autoridad sí.

El diácono pidió tres días para reunir lo que se le pedía, y, cumplido el plazo y la encomienda, se presentó delante de la autoridad competente con el enjambre de pobres a los que servía en el ejercicio de su ministerio.

Su destino como discípulo de Jesús se jugó en torno al tesoro que para la Iglesia son los pobres.

Hoy la Sabiduría de Dios nos sorprende con una paradoja: “Se ha construido su casa… ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado sus criadas para que lo anuncien… Venid a comer mi pan”. ¿Y a quiénes invitan las criadas mensajeras? ¡A los inexpertos y a los faltos de juicio!

Ahora, Iglesia convocada al banquete de la Sabiduría, fíjate en el pan que ha preparado, en la bebida de vértigo que ha mezclado: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Es Jesús de Nazaret quien habla. Es Cristo Jesús quien se nos ofrece. La Sabiduría de Dios es el pan de Dios sobre tu mesa.

Y ahora fíjate en quiénes han comido y han bebido a la mesa de la Sabiduría. A Jesús se acercaron y comieron y bebieron –fueron liberados, curados, perdonados- enfermos y endemoniados, mujeres postradas con fiebre y con flujo de sangre o poseídas por espíritu inmundo, leprosos y paralíticos, ciegos, sordos y mudos. Y todavía no has reparado en publicanos y pecadores; tampoco en aquella mujer que todos conocían en la ciudad. Y todavía no has reparado en ti misma, en tus hijos, en los que hoy se sientan a la mesa de la eucaristía, todos bañados en misericordia divina, todos embellecidos por gracia divina, todos hermanados por el Espíritu de Dios.

Y te das cuenta de que no hay Iglesia sin pobres, de que no hay futuro para la Iglesia sin los pobres, de que no hay encarnación de la Sabiduría si no es para los pobres: para los inexpertos, para los faltos de juicio, para los desechados, los descartados, los prescindibles.

Sólo ellos, saciados, liberados, redimidos, salvados, pueden decir con verdad: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Mientras cantamos las estrofas del salmo, el alma evoca el grito de victoria de los pobres: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

“Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca…

Los ricos empobrecen y pasan hambre; los que buscan al Señor no carecen de nada”.

Entonces se llenan de sentido las palabras del Apóstol: “Cantad, tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Da gracias, Iglesia cuerpo de Cristo, por el pan y el vino que el cielo ha preparado para sus pobres, para tus hijos.

Feliz domingo.

Un pan del cielo:

Jesús relee, y nos enseña a releer, la Escritura como “palabra que se cumple en él”.

Lo había hecho con el profeta Isaías. Aquel día, en la sinagoga de Nazaret, Jesús “se pudo en pie para hacer la lectura”, y, después de leer un pasaje en el rollo del profeta Isaías, “comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír»”.

Ahora, en Cafarnaún, lo da a entender a propósito del Libro del Éxodo: la memoria que ese libro guarda del maná con que Dios alimentó a su pueblo en el desierto, es para Jesús anuncio profético del verdadero pan del cielo con Dios alimentará a los hijos del Reino en su camino hacia la Vida.

A la murmuración de los israelitas en el desierto, a la protesta por la falta de pan para la comunidad, se corresponde ahora la crítica a Jesús porque ha dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Cuando el salmista cantaba: “hizo llover sobre ellos maná, les dio pan del cielo, el hombre comió pan de ángeles”, confesaba el amor providente de Dios a su pueblo; aquel pan, el maná, era “del cielo” porque era de Dios, porque su providencia lo preparaba bajo el rocío de la mañana. Aquel pan era una evidencia de la cercanía de Dios a su pueblo: aquel “pan del cielo” era memoria permanente de que el cielo era de la tierra, de que Dios era Dios de su pueblo.

Ahora Jesús dice: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Ahora, en el misterio de la encarnación, en el misterio de la eucaristía, es Jesús el sacramento en el que la salvación se nos hace visible, es el cuerpo en el que tocamos la gloria de Dios, es la evidencia de que Dios se ha hecho de la tierra, de que Dios es Dios para el hombre, de que Dios está cerca de nosotros, de que Dios nos ama.

Donde antes se decía: “les dio pan del cielo”, ahora se dice: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Si consideras el verbo “dar”, a la memoria de la fe suben las palabras de la revelación: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna”. Entonces Jesús, en el misterio de la encarnación, en el misterio de la eucaristía, se nos hace medida de la sin medida del amor de Dios.

Si consideras el verbo “bajar”, recuerdas las palabras del evangelista: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”; y también suben al corazón las palabras del apóstol: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Y sabes que, si crees, si aceptas ese amor que desde el cielo baja a ti para ser tuyo, aceptas ir con él adonde él va, y va siempre hacia abajo, va siempre hacia lo más hondo, va siempre hacia los últimos.

Baja con Cristo al abismo donde se mueven los pobres, baja y sé para ellos sacramento del amor con que Dios los ama, evidencia de la cercanía de Dios a sus vidas, certeza de que son importantes, lo más importante, para ti y para Dios.

Del cielo ha bajado el pan, del cielo ha bajado Jesús, del cielo, para los pobres, has bajado tú, Iglesia cuerpo de Cristo.